29 agosto 2006

Una palabra vale más que mil imágenes


Todos los que nos nutrimos de información a través de la tele sabemos que la imagen es lo de menos y lo que cuenta es la palabra. Los noticieros que "nos muestran la realidad" son escuelas de decoración. Los letreros nos entran por abajo, por arriba, por los costados de la pantalla y por la boca de los locutores. Las imágenes que aparecen tímidamente detrás de los carteles ilustran lo recontradicho y recontraimpreso.
Los conductores de los programas obran como si estuviesen haciendo radio y las imágenes no son ni siquiera redundantes, son rehenes de las palabras. Una frase puede aparecer sin imagen, pero ninguna imagen aparece desnuda de verbo. Las secuencias tituladas "Sin comentario" confirman esta regla. La anunciada ausencia de comentario es el comentario ya perfectamente estandarizado.
Domesticada y acostumbrada, la imagen televisiva nunca sorprende. Los cadáveres de Irak, las bombas que revientan El Líbano, los goles de Boca, todo está empaquetado en una caja verbal prefabricada que los editores de los noticieros se aburren en rellenar día a día.
Si el 11 S causó impacto durante un rato fue porque la imagen no estaba en el archivo de los canales. ¿Impactan hoy? No, ya son la imagen de la postal de la palabra terrorismo.
¿Qué sensación produce la imagen de un atentado? Chatarra retorcida y ennegrecida en cualquier ciudad que es ninguna. ¿Qué sorpresa despiertan los siete goles de Boca? Ninguna que no hayan sobreactuado el conductor del programa y el titulador. "Guerra", "atentado", "goleada histórica", tecleará el editor comiendo una media luna rellena con frases nominales.
La cultura de la imagen no es otra que la del Pequeño Larousse Ilustrado que tienen en la cabecera los compaginadores de nuestro siglo XXI. La imagen encorsetada en el discurso elemental cumple la función de digestivo hepatoprotector: sirve para tragarlo más fácilmente.

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