30 diciembre 2006

Sábado por la mañana, leyendo las noticias

Con un par de clicks cualquiera se entera de la realidad del mundo, que es la suma de las novedades en el momento presente, que todos comprendemos porque está escrita en un lenguaje llano y neutro, por ejemplo, hoy soltaron a un albañil que tenían secuestrado en Argentina por declarar contra un famoso torturador, en Madrid pusieron otra bomba en un aeropuerto y en Irak se bambolea el cuerpo de Saddam Hussein. Todo en simultáneo en el multicine de la realidad. El género cinematográfico de la realidad es el terror. Y a juzgar por la publicidad que decora las páginas de los diarios, es además un auténtico best seller.
La gran ventaja de la realidad sobre el cine o la literatura es que éstos deben seducir al lector/espectador mediante el asombro. El lector busca en el libro algo nuevo, algo que lo conmueva, que lo haga pensar, que lo divierta.
La realidad, en cambio, presupone que el espectador no va a asombrarse, sólo quiere informarse, estar al tanto de lo que pasa. El lector de la realidad lee la realidad para permanecer en ella, no quiere ser excluido. Por eso el género de la realidad es implacable, leerlo es someterse. Leer la realidad es ser parte de ella: leer es pertenecer, es un género excluyente.
En la realidad todos los actores están atentos al rol que le toca, nadie se sale del libreto: está el que carga la camioneta con explosivos, el que le ata las manos a un tipo, etcétera. Todos los días aparecen y desaparecen actores, extras, dobles de riesgo. Ningún actor de la realidad se plantea no estar ahí. El lector tampoco. Al espectador de la realidad le compete aceptarla, porque "la realidad es la realidad", no hay otra cosa, no hay afuera de la realidad. Ser lector es entender la realidad y saber que se está en el desarrollo de la historia.
En el rol de lector de la realidad no hay lugar para el asombro ni para la incomprensión ni para la crítica. El lector de la realidad participa de ella como el que apaga el cigarrillo en el pecho de un albañil, como el que aprieta el detonador. No decimos que comulgue con cada uno de esos actos, como tampoco del accionar del enfermero que le cura la herida, eso creo que está claro. Hablamos de otra cosa, de la relación entre el lector y la realidad, o en tal caso entre el lector y la realidad de la realidad.
Hablamos de la comunión entre la historia y el lector, entre la palabra y el ojo que la lee: la terrible y obligatoria empatía de la realidad.

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