08 abril 2007

Descartes



Lo digo con toda humildad, con falsa humildad por supuesto, pero humildad al fin: si alguna imagen refleja mi sentimiento de relación con el mundo (el mundo, qué palabra), es la de un perro faldero que no entiende nada de lo que pasa. Un perro echado en un edredón.

A veces algunas categorías me crean la falsa ilusión de creer que entiendo alguna minúscula porción de lo que sucede, de lo que existe, de lo que es, de lo que se escucha por ahí; pero al cabo de medio minuto vuelvo, lastimosamente, a mi casa del no entender nada de nada de nada de lo que pasa o parece que pasa.

Por decir solo un ejemplo, durante cuarenta años creí saber que la deuda de mi país con el fondo monetario internacional era tremenda e impagable, una cruz que mi generación y las siguientes cargarían de por vida; y un día, de golpe y porrazo, esa deuda se pagó como quien dice: te devuelvo la bici. Y al día siguiente, lo más triste: todo seguía igual, igual de mal.

Y así con todo: con la política internacional, con la panadería de la esquina, con la composición química del agua, con las hojas que caen de los árboles en Lago Puelo, con las que la Jacinta después hace cajitas laqueadas que compran los turistas. Turistas finlandeses en El Bolsón.

Todo lo que sucede delante de mis ojos es un misterio insondable por donde lo quiera agarrar, y no un misterio de novela moderna que simpáticamente se le brinda al lector juguetón en una tarde de primavera, sino misterio de sentir que no hay descanso, que no hay tutía, y que tu tía toma mate dulce y tiene diabetes y tontos juegos de palabras en la cartera. Misterio que roba el aire, ahogo, asma mental.

Uno quisiera decir, yo quisiera decir: pienso, luego existo, y echarme a dormir la siesta como un perro de caza a la vuelta de la cacería; y levantarme con ojos descansados, en paz y en armonía con el mundo, ojos mundanos. Pero lo único que hago es decirme, como perro en edredón: pienso, existo, ¿y?

(Ejercicio del día: usar los dos puntos y el punto y coma.)

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