13 septiembre 2007

Los explicadores

Hay quienes piensan que se trata de uno de los males de estos tiempos del nivel de los maremotos, los accidentes de tránsito, Al Qaeda, el imperio norteamericano, el FMI, los huracanes y los mosquitos mutantes de la Pampa. Se trata de los individuos, generalmente machos adultos, aunque las hay hembras también, que sienten en todo momento la íntima e impostergable obligación de explicarlo todo.
Se manifiestan en la lengua escrita pero lo suyo es la oralidad. En algunos ámbitos como los programas de radio, los encuentros literarios y los taxis prácticamente han desplazado todas las otras tipologías discursivas.
Los portadores confunden la patología con el legado divino, con la necesidad de dar a conocer su genio individual, con la voluntad de iluminar al lego, al ignorante, al que no tuvo la suerte de nacer con su capacidad de análisis.
El explicador no deja pasar oportunidad. La secuencia que sigue es lineal: todo tiene explicación, él la conoce, él se la descerraja al interlocutor sin contemplaciones.
No tiene sentido imaginar un ámbito capaz de escabullirse de sus vastas verdades. Tácticas del fútbol, claves de la prosa contemporánea y la antigua, fenómenos sociales y naturales, avances de la genética, la filosofía, el psicoanálisis, la magia, estrategias para ganarle una partida de ajedrez a Gari Kasparov. No existe refugiio en el Universo inmune a su capacidad de explicación.

Ortega lo vio en cierta comunidad a principios del siglo pasado. Hoy no conoce fronteras y la velocidad de propagación ha alcanzado la línea ípsilon.
Afortunadamente hay quienes vienen observando el fenómeno y están trabajando duramente en maneras de combatirlo.
Entre ellos destacan los productos de laboratorio de una importante universidad americana que se encuentran en etapa de prueba y experimentación con ratas y cucarachas. De los informes surge la esperanza.
A continuación una breve descripción de algunos de los que a priori parecen más eficaces.

Desexplicador en aerosol.

Se aplica directamente sobre el rostro del explicador a una distancia de hasta un metro. Lo lleva a cambiar de tema sin percibir el rociamiento. No afecta la capa de ozono. Ideal para taxis y ascensores.

Chip desexplicador.

Aparato adaptable a radios, televisores, computadoras y afines. Alcanza a opinólogos y chateadores por igual. AM, FM, PC, Macintosh, Windows y Linux. Convierte la explicación en música preprogamada o aleatoria, preferentemente instrumental.

Desexplicador intravenoso

Sólo en casos extremos. Tiene muchísimas contraindicaciones pero hay quienes piensan que peor es la enfermedad que el remedio y que París bien vale una misa. Requiere el uso de la fuerza.

Bombita de olor antiexplicadora

Ideal para patios de universidades, colas del banco y colectivos. Actúa simultáneamente contra explicaciones simultáneas. Deriva y remezcla conversaciones con efectos divertidos.

SEGUIR LEYENDO [+]

11 septiembre 2007

teatro



¿Quién dijo que no pasa naranja? En algunos lugares pasan cosas de verdad. "Espía a una mujer que se mata" es una obra diriigida por Daniel Veronese, interpretada por un grupo de animales de teatro sin cuyo aliento no puedo imaginarme el texto que juega con textos de Chejov que juega con el espectador que sin darse cuenta acaba samarreado por una montaña rusa de pulsión teatral y queda turulato sucundum.
Perla blanca para esta puesta recontra bien puesta, por lo menos así lo veo yo.

SEGUIR LEYENDO [+]

10 septiembre 2007

07 septiembre 2007

El agua y el desierto (un viejo chiste)



Que para mí es nuevo porque lo escuché por primera vez hace unos días. Lo viejo es nuevo si es nuevo para el receptor (emisor, receptor, mensaje). El chiste, dicho sea de paso, no tiene autor. Eso convierte a todo aquel que lo vuelva a narrar en un coautor. Quizá en un futuro la literatura vuelva a la oralidad y el chiste sea la única forma que ha sobrevivido a todas las eras geológicas de su historia. La cucaracha que vivió con los dinosaurios y con los últimos habitantes de la noche de los tiempos.
Pero vamos a lo nuestro.
Viene un tipo por el desierto, muerto de sed. ¿Cómo es el tipo? Como usted quiera, arquetipo de muerto de sed en el desierto. A duras penas camina el pobre, arrastrando los últimos hilos de ganas haste que ve, a lo lejos, una figura humana. ¿Otro espejismo?
Con las fuerzas de que dispone se acerca. Ve que no es una fantasmagoría, que es un hombre hecho y derecho, parado detrás de un mostrador sobre el cual se exhibe un sorprendente número de corbatas (todo es sorprendente en esa situación: el vendedor, las corbatas, el puesto ahí, en el medio del desierto; parece una alucinación, pero es la realidad). Con la lengua literalmente afuera, el perdido balbuce: "¡Agua! ¡Agua! ¡Quiero agua!"
El vendedor, elegante, sonriente, dice que, muy a su pesar, agua no tiene. "Pero tengo estas lindas corbatas", aduce, retomando la sonrisa, "mire usted, las tiene de los más variados colores, lisas, rayadas, floreadas... Incluso, si usted es un fanático de los dibujos animados, lo veo en sus ojos, tengo, vamos a ver, la del Ratón Mickey, la del Pato Donald..."
"¡No! ¡No quiero corbatas! ¡Quiero agua! ¡AGUA!"
"Lo siento en el alma, pero debo reiterarle que agua no tengo. Si lo desea, a dos kilómetros hacia el Norte hay un restaurante, a lo mejor allí pueden ayudarlo."
El sol del mediodía hace arder la arena del desierto. El beduino avanza ya no de pie, de rodillas primero, arrastrándose después. Finalmente llega al restaurante, en cuya entrada está apostado otro sonriente y elegante caballero. Un poco más alto y más moreno que el otro.
"Agua, agua, agua..." Ya no hay lugar para armar frases, el sediento no puede articular una oración bimembre.
"Mi estimado amigo, lo ayudaría con mucho gusto, pues hay agua en abundancia y muchas otras bebidas en el restaurante. Pero hay un problema insalvable, sin corbata no puede ingresar. Lo siento."

SEGUIR LEYENDO [+]