05 abril 2006

El emailista versus el escritor rentable

Es sabido que la crítica literaria siempre va dos o tres cuadras atrás de la escritura. Lo que afirmo no es una crítica a la crítica sino una reivindicación. La crítica quiere encorsetarla y la escritura escaparse. En esa dialéctica escritura y crítica producen materia fresca.
En estos albores del siglo XXI, la crítica no se ha percatado todavía (y con este humilde trabajo queremos ayudarla) de la muralla china que divide la actual producción escrita en dos grupos irreconciliables:
1) el de los escritores rentables, que producen un variadísimo menú de textos para editoriales, revistas, etcétera, que comen y dan de comer a numerosos partícipes del complicado engranaje de la maquinaria intelectual; y
2) el de los escritores de emails, los emailistas o emilistas, que sólo escriben correos electrónicos.
Cualquiera puede adivinar cuál es la diferencia entre uno y otro, y a qué grupo ponderarán los críticos cuando se percaten de la existencia de los bandos. El escritor rentable es invitado a ferias de libros, a programas de televisión, a cócteles con los embajadores, y figurará en manuales y listas que serán de lectura obligatoria en las universidades del porvenir. Además, goza de las loas de las reseñas, de eventuales ingresos dinerarios según la oferta y la demanda, y de un prestigio social que el segundo jamás alcanzará y siempre envidiará.
Sin embargo, según nuestro modesto entender y ver, el emailista goza de otras no menos apreciables ventajas, que a continuación repasamos a vuelo de pájaro:
En primer lugar hay que señalar que el escritor rentable debe lidiar con editores, que piden algo más comercial; con traductores, que piden algo más traducible; con periodistas, que piden algo más caliente; con directores de cine, que piden algo más filmable. El emailista se ahorra todos esos disgustos porque, nadie siente la obligación de enderezarlo.
Por otra parte, el escritor rentable debe camuflar su vida privada, debe aclarar hasta el cansancio que lo que escribe es ficción y no tiene vínculos con la realidad para evitar juicios, persecuciones, censura, reclamaciones de personas aludidas, campañas publicitarias con su sufrimiento. El emailista, en cambio, habla de lo que le sale de los huevos sin tapujos. Cuando escribe en segunda persona se dirige a alguien de carne y hueso, que lo lee al otro lado. Los dos pueden mentir, ¡los dos mienten descaradamente!, pero sólo el emailista no se siente obligado a ello.
Es público y notorio que el escritor de audaces y preclaros libros debe resignarse a que su mamotreto vaya a parar a una librería, a que lo compre algún imbécil, a que el imbécil encienda la máquina de la imbecilidad diciendo algo propio de su especie, a que otros imbéciles se hagan eco de las imbecilidades del imbécil. El trabajoso autor no sólo debe escuchar esas imbecilidades, sino que está obligado a refutarlas o ponerlas en ridículo o escribir otro libro sólo para demostrar que el imbécil estaba equivocado. Nada de eso le ocurre al emailista, que vivirá muchos años más porque él elige a sus lectores, a las imbecilidades de los imbéciles las manda a la papelera de reciclaje, y a los imbéciles los borra de la lista de contactos sin derecho a réplica.
Pero por otro lado, si el escritor rentable quiere especialmente que determinado lector o lectora pose sus ojos sobre sus páginas (el escritor que cree que su escritura seduce), debe esperar a que se cumplan todos los pasos del proceso editorial y luego esperar que los duendes lo ayuden, que la condenada pase una vez en la vida por una librería, que vea el engendro en el cuarto de hora que le fue concedido al libro en las mesas de venta, que se interese, que tenga dinero extra en la cartera, que lo compre, y que lo lea... Demasiadas coordenadas cósmicas para esta vida breve. El emailista solamente debe averiguar la dirección electrónica de la susodicha o el susodicho, y enviarlo como por casualidad, haciéndose el tontín, como quien saluda a decenas de personas (los auténticos lectores sabrán entender el desliz).
Como si lo dicho fuera poco, debemos agregar que el escritor de emails puede tener una vida decente: no está obligado a leer los bodrios de sus contemporáneos, los elogios de los interesados, las infumables tesis sobre su obra, los chismes del mundillo literario...
En fin, son incontables las ventajas de las que goza el emailista sobre el escritor rentable. ¿Qué mejor editor que Yahoo, Hotmail o Google, que sin meter las narices reparten los textos con más arte que un anarquista a la salida de la fábrica?
El emailista puede darse el gusto de enviar de un plumazo a los lectores por él elegidos, emails recién salidos del horno, satisfaciendo su perverso deseo de escritor: el de tener a un puñado de personas inclinadas sobre su texto, leyéndolo hasta vaciar el fruto de su capricho. Buenos días.

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