09 abril 2008

El fin del semáforo

En 1989, el filósofo Francis Fukuyama causó un gran revuelo con la publicación, en la ignota revista The National Interest, de un artículo titulado «El fin de la historia». Con el triunfo del capitalismo sobre el comunismo, decía Francis, se acababan los procesos revolucionarios y con ellos nada menos que la historia. La polémica desatada fue enorme. Otros pensadores, escritores, peluqueros y la misma historia se encargaron de desmentir la tesis, a punto tal que el mismo autor acabó rectificándose.
En 1997, Gabriel García Márquez anunció el fin de la ortografía. Lo hizo en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española en la ciudad de Zapatecas, México, con la ponencia «Botella al mar para el dios de las palabras» . Voces más conservadoras, acaso temerosas de abrir el juego del lenguaje a una porción más considerable de la población mundial, salieron a criticarlo y se impusieron. La palabra huevo mantiene la hache inicial por correcta y etimológica, aunque sea muda.
A lo largo de la historia de la humanidad hubo muchos finales pomposa o tímidamente anunciados. El fin del arte, el fin del teatro, el fin de la novela, el fin de la política, el fin de los “wings”, el fin de todo o casi todo lo que existe en nuestra finita cultura. A veces, estos finales anunciados se tradujeron a la realidad, a veces no, casi siempre resultaron cambios de estado, de aspecto, de situación. Garrincha hoy jugaría de media punta.
Sin tanto anuncio ni pandereta, los vecinos del conurbano bonaerense decretaron, en el nuevo siglo, el final de un artefacto vetusto que se había vuelto parte del paisaje urbano de cualquier ciudad del mundo: el semáforo.
Fue un cambio paulatino, colectivo y gradual, y sin dudas más pedestre y municipal que el fin del arte, de la historia, de la ortografía o de los centros al área del loco Houseman.
Los bonaerenses del conurbano decidieron (decidimos) convertir en adornos urbanos esos coloridos postes patentados en Cleveland que uniformaban el paisaje de las esquinas.
Los orígenes de esta reforma difieren según las fuentes, pero el más extendido es el mito de la defensa propia.
Cuenta la leyenda que allá por los años de la Gran Crisis de 2001, la también llamada maldición de los siete presidentes, hubo casos de asaltos perpetrados contra obedientes conductores que esperaban la luz verde junto a estos artefactos eléctricos de las esquinas. Para prevenir esa clase de hechos delictivos, los bonaerenses abandonaron la obediencia a la luz roja, pues antes que las leyes del tránsito estaba la necesidad de proteger la integridad física y patrimonial de las personas.
Esta prescindencia fue en un comienzo parcial y acotada a las esquinas y horarios en los que se suponía que podían ocurrir atracos. Pero como el Universo está en expansión y todo se multiplica, la costumbre fue poco a poco, y paso a paso, derramándose hacia barrios y momentos cada vez más amplios y generosos.
Fue así como, con el correr de los meses y los años, los semáforos pasaron a ser carteles luminosos como los que anuncian las bondades de productos de las más variadas características.
Hay quienes hacen una lectura más política y señalan que así como algunos personajes públicos perdieron credibilidad, los semáforos también dejaron de significar lo que significaban en otras coyunturas (preguntados por la continuidad de la situación asemáfora, sostienen que la crisis persiste, que la naturaleza del argentino radica en no conocer situación distinta de la de crisis, y los cambios de conducta se quedan, como una especie de lastre eterno).
Sea como fuere, hoy por hoy, los orígenes de la nueva normativa están prácticamente olvidados, y el conductor común y silvestre, ya lejos del peligro de un atraco, a plena luz del día e incluso rodeado por fuerzas del orden, prescinde olímpicamente de aquella invitación a pisar el freno que suponía en otras circunstancias socioculturales el enrojecimiento de las luces de la esquina.
No es una situación de anarquía. Toda ley es suplantada por una nueva. Lo que ocurre es que la normativa vigente en la vida cotidiana de los bonaerenses no está redactada.
El conductor bonaerense sigue la tradición del rojo, ámbar o amarillo y verde en la circunstancia excepcional del cruce de dos arterias con altísimo y parecido volumen de tránsito. Por ejemplo, en el centro de Morón, en los horarios pico, las luces de los semáforos de la intersección de 9 de Julio con la Avenida Rivadavia son obedecidas a rajatabla, como si estuviésemos en Tokio, acaso por la presencia de la pizzería homónima en una de las esquinas.
La ley de la prioridad de la arteria más concurrida se extiende a todo el conurbano. Por citar un ejemplo, mencionemos la intersección de la Avenida Burgos y la tímida calle Grito de Alcorta. Allí, el semáforo es un arbolito de navidad que siempre indica lo mismo: al de la Avenida: siga, siga; al de la calle: pare, pare. El conductor que viene por Grito de Alcorta debe detenerse, mirar si viene alguien y decidir en consecuencia.
El nuevo código semaforil obliga a la reforma de otros reglamentos, como por ejemplo, el del uso de la bocina en la ciudad.
Hasta ahora, el uso de la bocina estaba restringido al caso de llevar un enfermo grave o herido, el caso de un amigo que pasa y hace tiempo no vemos, el casamiento de alguno, o el paso de una persona físicamente agraciada que merece el reconocimiento público. Con el nuevo orden, se hace lícito usar la bocina, además, en el caso de que un conductor nuevo, distraído o extranjero persista en detenerse inútilmente ante una luz roja semafórica. El conductor ubicado inmediatamente detrás del mismo tiene el derecho (sino el deber) de tocarle bocina insistentemente para que deponga su actitud, avance de una vez y no permanezca estático por semejante nimiedad.
Esta página quiere, humildemente, contribuir a la tarea de reglamentar el uso de estos simpáticos postes luminosos según las nuevas costumbres bonaerenses.

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