Digamos que alguien encuentra la nada. Cuando decimos la nada nos entendemos: la nada, la pura nada. Nos entendemos, ¿no? Cualquiera que lo haya soñado o deseado sabe de qué estamos hablando.
Bien, digamos que ese alguien encontró la nada. No importa cómo, la encontró, está en ella, despatarrado en la nada.
Es feliz. Alguien que está en la nada, digo yo, es necesariamente feliz. No espera nada, tiene todo, no tiene nada.
¿Quién puede comunicárnoslo? Nadie. Los que están en la nada no hacen nada.
Él está allí, feliz en la nada incomunicable, y nosotros acá, chapoteando entre comas, masticando nuestro bastante poco, nuestro demasiado algo.
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