
De todas las mentiras que me has dicho
hay una que me duele todavía,
me acuerdo exactamente de aquel día:
las cuatro de la tarde en lo de Chicho.
Ladraba en lontananza un pichicho,
comías un melón y yo sandía,
dijiste "yo te quiero, prenda mía",
y yo me vine al suelo como un bicho.
Yo estaba enamorado, qué abadejo,
por vos torcí la vela del destino,
crucé el Pilcomayo y el Bermejo.
Pero el más grande y triste desatino
fue no haber oído aquel consejo:
no hay que mezclar la sandia con el vino.
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