Todas las formas de la segunda persona del pretérito perfecto simple de los verbos terminados en -er o -ir (volviste, dijiste, sentiste), riman con el adjetivo triste. Esa facilidad hace que sobren los ejemplos. Baste como muestra este pareado eneasílabo de Romualdo Balbuena (Curuzú Cuatiá 1935-Huinca Renancó 1999):
Piedra que sin llover caíste
signo eres de mi día triste.
Menos suerte tiene el antónimo: alegre. Vano será cansar (por no decir fatigar) las bibliotecas hasta hallar el adjetivo al final de un verso. Que los hay haylos, pero esporádicos anche espasmódicos, como esta copla de Yamila Houseman (Rawson 1962-Ottawa 2005):
Cuando mis prendas de amor
usted, señor, me reintegre,
quizás recuperará
a su muchachita alegre.
Si bien en la poesía contemporánea prima el versolibrismo, en la canción la rima persiste y sabido es que hay más canciones tristes que de las otras.
Achacar este fenómeno a los condicionamientos de la rima es una tentación en la que nos gustaría caer pero no lo vamos a hacer porque nos gustan los finales inesperados. Alpiste.
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